El agua y la energía

A primera vista parece que la relación más directa entre el agua y la energía, es a través de las centrales hidráulicas, que suponen un 18% de la potencia eléctrica instalada en España cubriendo el 8% de la demanda eléctrica (Datos 2008).  Sin embargo en Canarias, la relación se invierte, pues necesitamos consumir energía para poder obtener agua de consumo.

Con entre 15 y 40 días de lluvia al año dependiendo de la isla, y completamente rodeadas de agua salada, parece lógico suponer que el agua “dulce” no abunda en el archipiélago.  Esta situación, que se agrava en las islas más occidentales, (con los menores valores de pluviometría), nos lleva a la necesidad de desalar agua de mar.

La principal tecnología de desalación usada es la ósmosis inversa, cuyo mayor consumo son las bombas de alta presión, que elevan el agua hasta 65 bares, y fuerzan su paso a través de las membranas. Este consumo, como se puede ver en los datos siguientes es bastante significativo.

Algunos datos de interés:

  • Aproximadamente el 25% de la electricidad producida en Canarias se utiliza para la desalación y distribución de agua.
  • Se usan unos 440.000 m³/día en los sectores residencial y turístico y unos 210.000 m³/día para agricultura de agua desalada.
  • Se necesita quemar de media 1 Kg de fuel-oil en las centrales térmicas para obtener un m³ de agua desalada

Haciendo números, para desalar 650.000 m³/día son necesarias 650 Tm diarias, lo que se convierte en 237.250 Tm de fuel al año.

Con estos números, bien merece la pena ahorrar agua; porque aunque no se refleje en nuestra factura de la luz, es evidente que a todos nos está costando una energía que bien se podría destinar a otros usos, y a fin de cuentas, reduciríamos la dependencia de combustibles fósiles.

Evidentemente esta es sólo una de las acciones posibles dentro de un modelo mucho mayor,  uno en el que se potencien las energías renovables, se modifiquen los hábitos de consumo de energía, se optimicen los recursos existentes, y se apueste por una construcción sostenible, siguiendo criterios bioclimáticos y de eficiencia energética.

Fuentes:
Informe del Sistema Eléctrico 2008. Red Eléctrica de España.
Agencia Estatal de Metereología
Apuntes proporcionados por el Instituto Tecnológico de Canarias.
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Artículo en Prensa

Este artículo lo escribí para la asignatura de divulgación científica, del máster de energías renovables que estoy cursando y espero terminar este curso. Ha sido publicado esta semana en un el Diario de Avisos (que se puede ver en este enlace), y aprovecho para colgarlo por aquí.

¿Residuos o Materias Primas?

La tecnología de la que tanto dependemos hoy en día es un arma de doble filo. Nos proporciona mayor calidad de vida, pero al coste de un mayor consumo de energía y generación de residuos. ¿Podremos darle la vuelta a la tortilla y convertir dos problemas en una solución?

El modelo actual de consumo es completamente lineal. Se extraen las materias primas, se transforman en productos que posteriormente se consumen, y se desechan cuando ya no sirven. En muchos casos, la vida útil de los productos (por ejemplo aparatos, ropa y calzado) es extremadamente corta, si se compara con todo el proceso llevado a cabo hasta que llega a las manos del consumidor final, y por motivos que no siempre tienen que ver con su deterioro sino con un concepto mucho más abstracto como son las modas o tendencias. Por otro lado, en prácticamente todas las etapas de este proceso se consume energía, que proviene en buena parte de fuentes no renovables. Por ejemplo en España entre el 60% y el 80% de la producción eléctrica es a partir de combustibles fósiles y nuclear.

Si hacemos un balance entre los recursos gastados y los resultados obtenidos, vemos que este modelo no es nada eficiente. Podemos resumir esto en dos problemas: generación de residuos que hay que gestionar de alguna manera y consumo de energía, que además, implica emisiones de CO2.

Si nos preocupa un poquito este mundo en el que vivimos, y en el que vivirán nuestros hijos y nietos, deberíamos buscar soluciones a estos dos problemas, entre otros, y en esto una visión de conjunto tiene mucho que aportar.

Si nos vamos a la raíz del problema, es evidente que el sistema no funciona. Necesitamos utilizar mejor los recursos disponibles sin abusar de ellos, usar procesos más limpios y eficientes, y aumentar la vida útil de los productos finales. Se trata en definitiva de dejar de fabricar para tirar. Esto es un cambio que debería llevarse a cabo desde todos los estamentos y supone una transición hacia un nuevo modelo social y económico, tarea nada trivial.

Pero es evidente que las transiciones son lentas, e implican un grado de compromiso por parte de la población y de las administraciones. No podemos quedarnos de brazos cruzados a esperar. Deberíamos buscar soluciones aunque sean parciales. Si miramos el conjunto, ambos problemas podrían ser en sí una solución recíproca. Usemos los residuos para producir energía. Existen distintas aplicaciones posibles. Lo más fácil y rápido es quemarlos directamente para aprovechar el calor generado, pero no debemos olvidar de que parte de lo que quemamos saldrá por la chimenea a la atmósfera, y además podríamos estar infrautilizando residuos que tendrían más valor si se destinan a otras aplicaciones.

Existen procesos que permiten transformar distintos tipos de materias y residuos en productos de valor, como puede ser la transformación de restos de poda y otros residuos agrícolas en gas para combustión, la fermentación de residuos orgánicos para obtener metano, o la conversión de aceites vegetales en gasóleo para nuestros vehículos. Cada uno de estos procesos tiene sus ventajas y desventajas, pero no deben ser descartados en absoluto, pues permiten aprovechar aquello que ya se daba por inútil.

Un ejemplo de esto lo podemos ver en el biodiesel, que básicamente es gasóleo obtenido a partir de materias vegetales. Existe un gran debate acerca de si los cultivos para este uso están desplazando a los cultivos para alimentación, sin embargo, es técnicamente viable obtener biodiesel también a partir de aceite que ha sido usado previamente para freír alimentos. De esta forma convertimos un residuo, que además es difícil de gestionar, en una fuente de energía, y en base a los planteamientos teóricos, el CO2 emitido por estos combustibles es equivalente al que consumieron las plantas de las que se obtuvo el aceite inicialmente. Si bien este es un cálculo simplificado que se podría discutir, lo que sí es cierto es que las plantas de las que se obtiene el aceite son renovables, y el petróleo no.

Con todo, no deberíamos perder la perspectiva, y recordar que esto no es más que una solución parcial, que en cierto modo recircula algunos de los recursos dentro del sistema lineal desde extracción a desechos.

El verdadero reto será cambiar el modelo para que la reutilización de residuos no sea un parche, sino sea parte de un ciclo integrado en el que dejemos de sobreexplotar nuestros recursos y de desperdiciar nuestros residuos

Un saludo